Dos jugadores frente a frente. Entre ellos un tablero, paisaje de coordenadas en el que se clavan como chinchetas en un mapa el deseo, el amor, la melancolía, las dudas, el olvido.

La realidad es un baile entre blanco y negro, un juego de emociones contradictorias pero coexistentes.

En esa dualidad se desarrolla la partida. Cada poema un movimiento, cada verso nos acerca o nos aleja del final del juego. Los peones: las palabras y el silencio que se esconde en el lenguaje. La comunicación muda y a la vez todo lo contrario: fonemas a gritos. Porque si hay algo que da cuerda al reloj de ajedrez son los pasos del equilibrista en la cuerda floja: a un lado el apego, al otro el desapego; para mantener el equilibrio el manojo de imágenes y metáforas con toda su semántica. Juego de contrapeso constante.

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Hay una sensación de eternidad en lo cotidiano. La ciudad, los ascensores, las bicicletas… conforman un escenario urbano reconocible sobre el que, sin embargo, planea una sensación de no contemporaneidad. Eso sucede porque hay en la descripción un remontarse a, una vuelta a los orígenes. Y es esa mirada primera la que se posa sobre lo que se poetiza – el peso consciente de la historia en los ojos. Esas raíces se enredan en el aire que separa al yo del tú y son parte de la melodía que ameniza la partida.

Aunque a priori no aparenta ser un poemario críptico por su carácter descriptivo, retórico e incluso narrativo a veces, el uso de la metáfora no sólo con imágenes sino con conceptos le da en ocasiones un punto hermético que convierte algunos versos en misterios indescifrables.

A medida que el libro avanza, va ganando en emoción y en cercanía. En los primeros movimientos, hay un mostrar las cartas convencido pero recatado: siempre hay un muro. Poco a poco, ese intento de derruirlo, de alcanzar lo inalcanzable, de ponerle voz a lo que no puede nombrarse, nos descubre vulnerables y a la vez conscientes de que esa fragilidad es sólo un movimiento más.

Sin duda, sentarse ante este ajedrez emocional no es ningún juego de niños.

 

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