Editorial Foc

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Tijuana me gusta porque no todo es bonito, porque tiene ese porcentaje de sordidez que necesito para hacer las cosas reales y no vivir en la telenovela neurótica que normalmente me invento. Tijuana me gusta. Me gusta como me gustan las mujeres que sé que me matarán a largo plazo.

Repito: TIJUANA ME GUSTA.

Aclarado esto, diré que Batahola de Lorena Mancilla Corona me gusta porque es justamente como estar en Tijuana: una sensación de acidez en la garganta después de gritar en un concierto, algo como estar plenamente feliz y con resaca.

ADVERTENCIA: Después de leer Batahola usted no será el mismo, tendrá una arruga que ya no podrá planchar.

Do you have what it takes?

El viaje a Batahola no es un viaje para turistas con desayuno incluido y pulserita VIP, no señor, aquí pasaremos hambre a veces, nos dolerán las muelas, dormiremos en el suelo o en el auto, viviremos en un baño: será real, tendremos cicatrices para demostrarlo.

Batahola será ―lo garantizo― el kilometraje en un camión de redilas que usted nunca quiso pero necesita, también será ―a veces― una cama caliente para dejarse caer y perder la conciencia.

Habrá túneles, sex shops, aguaceros, relámpagos.

Tendrá el placer de estar en la ciudad de todas las películas que ha visto en la vida; le dirán cosas como «Enjoy your fucking self, the snow smells like dishwashing liquid o porno-porno-porno».

Habrá momentos de migraña y atardeceres, cantos de pájaros, raíces de plantas.
A pesar de todo, no querrá volver a casa, ya no sabrá dónde queda eso.

Batahola no requiere pasaporte, millas de viajero frecuente, reservas ni traveller checks, usted puede estar ahí hoy mismo y por el tiempo que considere necesario.

Su estancia incluye instrumental médico, aparatos helados al contacto con la piel, tabaco de contrabando, saliva espesa, sabor a sangre y maniquíes.

¿Listo para hospedarse en Batahola, o prefiere el Hilton?