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¿Cómo describes una burbuja? La tienes en la cabeza, has jugado miles de veces de niño con ellas, has tratado de cogerlas y abrazarlas en la bañera, las buscas constantemente al agitar agua con jabón, pero aun así, debes pensar cómo describirla. Y es que simplemente hay fenómenos que se distinguen del resto porque no precisan descripción, sólo aprehensión. Notarás por mis artículos que no hay cosa que me guste menos que describir lo que no hace falta describir. Algo parecido a las burbujas me ocurre con Breaking Bad, obra maestra que más que mirar, cabe capturar. Podría dar de manera mecánica todos los datos de una serie que está llegando a su fin y que muy pocos son los que no han oído hablar de ella. Podría dar una descripción más o menos exhaustiva del argumento, podría definir los personajes torpemente e incluso podría revelar partes de las tramas sin pretenderlo, y tendríamos un artículo con la información técnica y básica de la serie, pero no con la información necesaria. Breaking Bad me inspira otro tipo de artículo.

El auge actual de las series y el gran volumen de descargas de capítulos se traducen en una oferta directamente proporcional cuya calidad, en numerosos casos, es más que discutible. Breaking Bad es la excepción. El paradigma de las cosas bien hechas. Una guerra explosiva de creatividad, imaginación, locura, habilidad, trabajo, empeño e ingenio para lograr mejorar cada vez más las tramas y hacer que la burbuja se eleve y se eleve sin perder fuelle ni desaparecer en Deus ex Machina (recurso que viene impuesto en el guion para lograr la finalidad requerida o lo que se espera de éste, pero comprometiendo así la coherencia interna del mismo; o lo que es lo mismo, un “sacarse de la manga” situaciones en la trama para forzar las cosas) a los que tan acostumbrados estamos.

Por este motivo dejo que su creador Vince Gilligan me zambulla en la historia llevándome de la mano hasta Nuevo Méjico, al lugar dónde quiere mostrarme que la química hace verdaderas maravillas. En un mundo en que los ocres del desierto y los azules y blancos de cielos en gran angular, se mezclan con el azul cristalino y el amarillo chillón de laboratorios ilegales improvisados.

Nadie duda a estas alturas que Breaking Bad o la historia del profesor de química Walter White se ha convertido en un fenómeno del que es difícil escapar. El número de personas con camisetas de Heisenberg en el metro es un indicativo bastante claro de la acogida de una serie cuyo trabajo en su conjunto es óptimo y es algo apreciable por todos a través de la pantalla. Desde uno de los teasers piloto más contundentes que he tenido el placer de disfrutar, hasta unos personajes trabajados, cuyas relaciones representan el género dramático en todas sus dimensiones; pasando por unos planos cinematográficos y una banda sonora en los que puedes regocijarte y aplaudir solo en tu habitación, porque son dignos de esa clase de reacciones, químicas o no.

On the set with Breaking Bad during the filming of season 5.

Gilligan coquetea con los límites de la moralidad cómo el que tiene en sus manos uno de esos juguetes para hacer burbujas y lanzarlas al aire. Cada capítulo, cada personaje, cada trama es una burbuja que se alza hacia el gran interrogante humano y que juega con él hasta explotar en los recodos más profundos del inconsciente. El espectador, en definitiva, cae en la cuenta de que aquellos personajes tan dispares y variopintos que aparecen en la serie, en el fondo, podrían tener una parte de él mismo. ¿Tú lo harías si estuvieras en la misma situación? El éxito en la creación de una obra de este calibre reside en que, cómo espectador, no sepas responder a esta pregunta. La duda ante lo que creías firme es lo que te lleva a querer seguir los pasos del protagonista, y así engancharte cada vez más a descubrir en qué otras situaciones se ven envueltos los personajes y cómo logran salvarlas. En eso consiste la empatía. Y en el guion de Breaking Bad, desde luego, se maneja con firmeza, partiendo de una situación de lo más cotidiana y habitual que sabes con certeza que puede pasarle (y de hecho pasa seguro) a cualquiera.

El protagonista, interpretado por un Bryan Cranston nacido para este papel, representa la pérdida progresiva de escrúpulos de un hombre que necesita recuperar sus pantalones. Y para intentarlo, se sirve de un guía especial, Jesse Pinkman (Aaron Paul), un bala perdida ex alumno de Walter que, aun con evidentes carencias intelectuales a los ojos de Walt, será su mentor en un camino tortuoso por el que ambos conducirán una destartalada caravana. Ambos, juntos en una escena, cosen burbujas que lejos de quebrarse o explotar se juntan con las del resto del reparto de actores creando un conjunto irrompible, en el cual ellos crecen y crecen sin parar, temporada tras temporada.

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El creador/guionista/director y el montador, figura importantísima que suele quedar en segundo plano, sabe de antemano que tiene en sus manos el poder de jugar con un público al que, sin conocer, debe emocionar. Para bien o para mal. En el momento en el que cavila acerca de una historia de estas características, está eligiendo una determinada emoción. Así surge el género de cualquier obra audiovisual. Si hay una emoción que predomina en Breaking Bad es la angustia, es lo que va a marcar la actitud principal del espectador. Y lo consigue dando realismo a sus personajes y haciendo que se muevan en un mundo que, pese a parecer disparatado y complicado, es cercano. Pero sobretodo, manteniendo al protagonista en la tesitura de deber elegir siempre y cargándole la mochila de piedras cada vez más pesadas de las que nunca termina de desprenderse.

Aunque el teaser inicial o apertura de la serie sea trepidante, no es una serie en la que predomine la acción. A lo largo de las 5 temporadas, Walter White está en peligro permanente agravado por sus propias dudas morales y conflictos familiares que se le hacen inminentes. Todos y cada uno de los antagonistas que se cruzarán con él representan el poder que él jamás ha tenido y al que tanto aspira, inclusive debajo de un techo familiar que se le torna hostil y tan ajeno como aquello que cambia su vida para siempre: un cáncer avanzado de pulmón.

Burbujas las hay a miles. Pero siempre hay una que capta tu atención porque logra mantenerse, porque llega más alto que las demás. Si Breaking Bad fuera una burbuja, ésta seria la que se eleva sin parar sin que puedas apartar la vista de ella. La complejidad de las reacciones químicas es lo que nos mantiene a la expectativa, nos involucra en el proceso por el mero hecho de esperar a ver qué ocurre. A pesar de haber visto en tu vida miles y miles de burbujas de jabón, sigues sorprendiéndote en alguna feria tratando de alcanzar una con tu mano, aunque sepas a ciencia cierta que explotará en cuanto la toques. No la pierdas de vista, está llegando al final de su recorrido y tiene toda la pinta de cerrar un ciclo de lo más redondo, brillante y etéreo. Una burbuja que se irá por la puerta grande de un buen final de serie y cuya disolución, sin duda, no pasará desapercibida.