Si quieren leer una reseña meditada y académica, convencional y comercial, rancia y fundamentada, no sigan leyendo. Acabo de terminar esta última novela de Richard Ford y he sentido una necesidad irracional de escribir mis primeras y únicas impresiones sobre la misma. Quizá sea que llevo demasiado tiempo sin escribir… y sin pensar con seriedad y calma, y un instinto haya saltado cual resorte chirriante y sin desengrasar gracias a la novela de Ford.

Aceptación y sentido. Resignación. Sentido y aceptación. Los acomodados. Un sentimiento entre amargo y receloso es el sabor de boca que deja esta novela. El tema aparente de la obra es la historia de una familia estadounidense de dos hijos, en concreto del hijo varón, y de lo que sucede cuando unos padres como otros cualesquiera deciden atracar un banco para saldar una deuda con unos indios. Y a partir de ahí los acontecimientos se precipitan, los hermanos gemelos se separan, el varón acaba en Canadá, inmerso en una historia entre gente extraña con tendencias delictivas, lo que no le impide rehacer su vida y convertirse en un respetado profesor de instituto nacionalizado canadiense, casado y sin hijos. Mientras que la hermana lleva una vida más errática y acaba muriendo de un cáncer.

La historia de estos hermanos parece una extraña metáfora de la respuesta a la pregunta sobre qué hacer frente al destino. Obviamente el destino es lo que es y no puede cambiarse, como mucho lo que se transforma es nuestra actitud ante el mismo. Aceptarlo o rebelarse ante él. El hermano representa la aceptación, el que se acomoda y consigue llevar una existencia aceptable. Mientras que la hermana representa la rebelión, y por ello el desafío ante un destino que no puede cambiar y que la lleva a una vida poblada de tumbos, una vida donde las piezas no encajan, donde lo desigual sigue siendo desigual aun en su conjunto.

Para que todo encaje uno ha de renunciar… incluso a sí mismo y a los que dieron lugar a ese sí mismo. El hermano decide olvidar y pasar página, no sólo de su familia sino también de otros delitos (que pesan sobre su conciencia) que no comete pero sí contempla. Su existencia normal está forjada de vidas rotas, recuerdos cadavéricos. Porque para empezar de nuevo hay que olvidar.

¿Y si uno no renuncia? Se vuelve un cínico, un amargado, una sombra, una molestia para todos incluido él mismo. Renunciar al olvido, renunciar al pasar página, plantarle cara a destino y decirle no, aun a sabiendas de que es inútil. Y uno se juega la felicidad, para…¿quizá ganar la dignidad?

No todo debe ser aceptado, no todo debe de tener sentido. Y me refiero al deber, no al ser. La muerte o la desgracia de los que uno ama no debería ser aceptada jamás. Ni siquiera debiera tener sentido. Porque darle sentido es asentir al acontecer de este mundo, decir que este funciona, agachar la cabeza y que los acontecimientos pasen sobre uno, en vez de pasar sobre ellos mismos. Contemplar…

El que no acepta no puede hacer otra cosa que contemplar como el destino le desgarra, pero su queja, su grito,  hacen que uno mismo tenga sentido.  Quizá el origen de nuestra infelicidad, sea no querer aceptar lo que sucede a nuestro alrededor, no rendirse a los acontecimientos; vivir toda una vida pensando que la muerte de esa persona no tiene sentido y rebelarse ante ella de una manera quizá poco productiva.

¿Cuál es el límite, cuando aceptar y cuando rebelarse? Aceptación y sentido, rebelión y sinsentido. Opciones, como las que ofrece el libro de Ford. Una novela triste, y quizá algo burguesa (por el acomodarse, por el dejar pasar…), aunque esa categoría ya ha quedado anticuada. Una novela quizá muy sabia, pero cuya sabiduría puede convertirse en un veneno paralizante. ¿Cuál es el precio que hay que pagar para librarse del pasado? ¿Uno mismo? ¿Pero acaso el pasado no puede también enterrarnos y asfixiarnos?

Tremenda y terrible dicotomía. Una brecha por ahora insalvable que tiene por nombre Canadá. Estrujamiento existencial del que no quedará ninguna gota. Un eterno laberinto, una vuelta de tuerca, una espiral que nunca finaliza porque tampoco tuvo jamás inicio alguno. Una cuestión de conciencia y supervivencia, de lucha y conformismo. Una balanza donde el equilibrio casi nunca es posible, de ese equilibrio nos habla Ford. La eterna búsqueda de esa sabiduría que acabará reconciliándonos con nosotros mismos: con nuestra resignación innata y nuestra rebelión voluntaria.