Cody ChesnuTT fue un espejismo real que nos dispusimos a presenciar en la mítica sala Moby Dick. Tras un silencio casi sepulcral, el cantante que, hace ya diez años, editó uno de los álbumes más arriesgados y que, en mi humilde opinión, engrandeció la música soul, nos ha dedicado una visita a Barcelona y Madrid con la intención de responder a todas esas incuestionables preguntas sobre su desaparición.

Cody

Gracias a su disco, editado el año pasado, llamado Landing of Hundred, pudimos todos recuperar la esperanza del artista que todos, en un momento u otro, echamos de menos. Su segundo álbum es otro juego diferente, en apariencia menos arriesgado pero con una solvencia apabullante de lo clásico que puede recordar a muchos, por su carácter esperanzador y sólido, pero que no se abraza con nadie.

Simplificando, estos dos datos iniciales fueron la base del concierto de Cody. La dirección que tomó el sonido estaría basada en este segundo álbum que fue, sistemáticamente, la carta musical de la noche ya que creó espacios rítmicos, experimentó con el  gospel y jugó con la animación como plato básico.

Las estructuras de su último disco le dejaron vía libre a la variedad de registros de su voz que se movió en tonos melosos, dulces y claros. La voz de ChesnuTT se lograba perder hasta por los lugares más insólitos de la sala, creando un monstruo que logró manipular al público apagando nuestras voces, invadiendo el espacio y estableciendo formas silenciosas de ritmos que llegaban a ser tan penetrantes como los momentos sinceros de Cody.

Si nos ponemos en la piel del artista, usó todo su potencial creando un ambiente soul que se llegó a tornar en momentos lineal, aunque esto no quiere decir que fuera pesado o aburrido ya que no se le puede dar ese calificativo a un artista catalogado por su capacidad experimentadora. Una vez que te introducías en su música te dabas cuenta de que era una simple impresión . Sus canciones se desmembraban con una plácida calidez, las variaba de ritmo y sostenía el tono r&b en su tratado.

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Aunque la gran banda que aportó Cody llevó la batuta del sonido, no se olvidaron de hacernos partícipes. Crearon una instrumentación prodigiosa con los elementos vocales del público subiéndonos y bajándonos los tonos con tanta soltura que nos involucraban dentro de las creaciones de este chico, artista y genio tan singular.

Tan singular que nos muestra cómo es, algo tan difícil como un tío sencillo, enamorado y amante de lo fácil. Alguien que dejó la música por el amor de su mujer y de sus hijos que nos anima en que amemos lo sencillo,  que alaba a los casados, que nos dice que olvidemos nuestras nuevas cadenas tecnológicas, que nos sentemos en un parque y disfrutemos del espacio y de nosotros mismos.  Alguien a quien la música no le ha derrotado sino que le ha transformado gracias a su propio salvoconducto a la esperanza.

Gracias a su visión vital, a la banda y sus épicos discursos no echamos de menos tanto el primer disco como, posiblemente, hubiera ocurrido en un concierto de este calibre. Tampoco fue un show discursivo enfriador, sino más bien fueron cuentos armónicos cargados de emoción y absolutamente íntimos. Esa intimidad que consiguió silenciar la sala y crear sonidos con el murmullo.

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En una hora ya había despachado todo su repertorio y lo pudo resolver gracias a un bis denso y contundente donde entró otro gran discurso que llegó a encoger el corazón de los presentes. Nos trató como hijos suyos mientras la banda se rompía para nosotros. Ellos formaban parte del todo pero a la vez ninguno, inteligentemente, sobresalió del resto. Su faceta populista les demostró el apoyo que tuvieron tanto  en los aplausos como en las repeticiones musicales.

Tras tres temas de gran variación estilística y ese amor por el r’n’r más negroide nos descubrieron, en su último tema, que el jazz había estado siempre presente, que su sonido se inmortalizaba en nuestras cabezas y que el recuerdo de un concierto tan íntimo transformaría a Cody en un amigo más que en un artista en un escenario.