Paco Elvira

Me ha llegado la muerte de Paco Elvira de la misma forma que me llegó la muerte de Pepe Rubianes: como un golpe helado desde la espalda.

Lo primero fue girarse. No había nadie. Lo segundo adaptarse a la realidad, que acaba de crecer como un gigante con una cara horrible. Y lo tercero fue negarlo, el origen de ese supuesto proceso habitual del luto.

Un luto inesperado en el caso de Rubianes, porque no le conocía o le conocía como artista y a mí me enseñaron que el luto es para las personas que lo merecen, o sea, para los que conoces. Pero me lo enseñaron mal o yo no lo escuché bien. He certificado con Paco Elvira que el luto llega también con las muertes ajenas. Y él me fue ajeno. Mejor dicho, yo le fui ajeno a él.

“Recuerdo una vez…”, que diría mi abuelo, que le di la mano a Paco Elvira y charlamos un minuto. Fue durante la exposición de Mama Tunza, de David Monfil, que Paco (qué cercano suena “Paco”) presentó. Me sorprendió su voz de niño. Era un hombre, un hombre todavía más seguro apuntando con la cámara, pero su voz era de niño, y quizá de pregunta. Tuvo un timbre ilusionado, como atento a una respuesta siempre, pero dispuesto a la sentencia. A veces le salía un tono cansado mirando al suelo que superaba en un segundo volviendo a mirar a un horizonte que debía ser sólo suyo.

Y me pareció, antes de hablar con él, que así era el hombre Paco Elvira, como su voz.

Todavía no sabía nada de su voz cuando supe que tendría que entrevistarle gracias a José Luis Sarralde. Me empapé de su obra fotográfica, releí esa biografía que ayer tantos medios reprodujeron en pasado, aumenté durante semanas las estadísticas de su blog y monitoricé su presente desde Twitter. Así que cuando fui a la exposición a entrevistar a David Monfil yo ya creía conocer a Paco Elvira como un fan conoce todo el trabajo de su artista.

Sin embargo, le conocí la voz personalísima, que veo como su espejo, cuando nos presentamos, cuando nos “desvirtualizamos” (una expresión que seguramente habría aceptado con esas ganas de adaptarse al mundo moderno), le conocí su voz personalisíma, digo, cuando nos estrechamos la mano y me confesó que las entrevistas siempre las hacía en persona, mejor que por teléfono. Que ya me avisaría, sí, eso, que ya me avisaría él si me parecía bien.

Esa misma noche tuve que cambiar todas las preguntas a mano que le había preparado documentándome, porque su obra profesional no bastaba para conocerle, mientras que su voz bastaba por sí sola para darse cuenta de ello.

Así tengo guardada la entrevista que nunca llegaré a hacerle. Y me pesan tanto estas preguntas y esos espacios blanquísimos sin respuesta que me he atrevido a hablar de su memoria conociéndole sólo la voz.

Cómo les debe de pesar todo a los suyos, como un bloque de cemento armado, que le conocían hasta la sonrisa íntima.

(Imagen: Laura Guerrero)