Empezaremos esta reseña haciendo una afirmación categórica: hay dos clases de personas, a las que les gusta el ciclismo y a las que no. Y viven en mundos totalmente diferentes.

Si eres de los que conoce la altimetría del Alpe D’Huez, se sabe de memoria los últimos diez ganadores de la maglia rossa o recuerda exactamente dónde estaba cuando Beloki se cayó en La Rochette, Gregario es un libro imprescindible en tu biblioteca. Si no, quizás encuentres en este libro algo que te haga apreciar las gestas de este sacrificado deporte.

Gregario es la historia de la vida deportiva de Charly Wegelius. Una suerte de biografía profesional. He de confesar que yo, que he seguido el ciclismo desde pequeño, no recordaba a este corredor. Todo el mundo recuerda el nombre de los grandes ganadores, de los ídolos, pero poca gente guarda en su retina el trabajo de los ciclistas de equipo, de la clase media, los que trabajan para que otros triunfen. Wegelius era de estos últimos. Y no porque no tuviera el talento suficiente. Simplemente porque decidió que no quería esa presión, que no quería los focos, que quería ser sólo un buen profesional dejándose la piel por su oficio.

gregario2A lo largo del libro se hace patente el carácter especial de Charly Wegelius, cómo es capaz de combinar la terquedad por conseguir sus sueños con la obsesión de no destacar demasiado. Su propia manera de describir las situaciones en las que se ve envuelto ya define en cierta manera al personaje. Si España le parece un país de pandereta o los italianos unos egocéntricos latin lovers, lo explica con la misma despreocupación con la que se hacía mechas en el pelo para encajar. Wegelius nos explica sus dilemas morales, pero no espera que los entendamos. Todo es parte del paisaje. Lo único importante es dejar testimonio de su sacrificio, de cómo exprimió su físico y su mente para gloria de otros, y cómo se ganó el respeto de sus compañeros gracias a ello.

Charly quiere decir que estuvo allí. Que cuando todo el mundo buscaba con la mirada el maillot amarillo, él estaba ahí. Cuando un compañero tenía sed, él estaba ahí. No era un superhéroe, era sólo un trabajador esforzado dando lo mejor de sí. Dejándose la piel por un deporte que, cuando lo miraba a la cara, jamás le devolvió una sonrisa.

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