Stephane Hessel

Siento la muerte de S. Hessel como la pérdida de una lucha, primero, y como el relevo natural de los jóvenes luchadores, después. Es nuestro turno, titula con acierto el panegírico de Rosa María Artal en eldiario.es. Es un panegírico porque sólo un neoliberal reconvencido podría no elogiar la figura de Hessel. Y es con acierto el título porque en él va implícito el reconocimiento al espíritu de ese hombre pensante que reaccionaba contra cualquier forma de injusticia.

Los medios desempolvan hoy los textos que los becarios han preparado con anticipación sobre la muerte de las grandes personalidades de nuestro tiempo. Hessel era una de ellas. Pero para el gran público, hablando de dimensiones, Hessel era una personalidad desde el éxito de ventas de su panfleto Indignaos. Le otorgaron voz desde entonces, porque su pensamiento encontró arraigo entre los jóvenes indignados que llenaron las plazas.

Para El País la muerte de Hessel es la muerte del autor de aquel best seller de 32 páginas. Es normal, es un título comercial, actual y cercano, con un cuerpo rico e informativo. Pero es demasiado poco para una figura tan grande para quien no decida leerse todo el texto. Y sobre todo es poco para tanta vida, toda la que reunió Hessel a lo largo de sus 95 años.

Honrar a los amos del mundo y de las finanzas con aquello de “todos los políticos son iguales” y honrar a Hessel a la vez no es posible. Él era político, diplomático, culto y comprometido. Si aparece por la televisión alguno de esos neoliberales que interpretan el papel de gobernantes, desconfiad.

Glosando la vida y la muerte de Hessel uno se puede explicar toda la actualidad.

No nació en la Europa de la 1ª Guerra Mundial, sino en la de la Revolución Soviética. Era el 1917. Esta no es una historia de su vida, ahí están los grandes medios, sino un texto dirigido a los que admiten la debilidad del sofá, conscientes de su estado de letargo y que comprenden lo que ignoran del mundo en que viven. Un mundo creado para los ricos, como defendió Saramago, otro luchador, y una Europa dirigida a golpe de interés por el BCE, la CE y el FMI.

S. Hessel

En otro tiempo, quizás en otro mundo, hablaríamos del compromiso de Hessel con la cultura. Hablaríamos del hombre generoso y humilde, sí, pero su obra sería independiente de sus convicciones. Hablaríamos del “humanista universal”, del ser curioso y apasionado al modo en que hablamos de la obra de Pirandello sin mencionar su apoyo a Mussolini o de la manera en que nos referimos a Hemingway sin referir su machismo, el de terminar un gran párrafo, beber un whisky y moler a palos a su mujer. De Hessel no hablaríamos en clave política, sino en clave cultural.

Estaba destinado a ello si el mundo no se hubiera entregado a la tarea de negarle ese privilegio, el de su cultura. Lo que no consiguió el mundo fue “hacerle así”, ni rebelde ni malvado ni cínico. De hecho, si la frase de la canción fuera cierta, Hessel sería el peor de todos los tipos posibles porque habitó el peor mundo de todos los posibles.

Ni siquiera tuvo el privilegio de no ser judío en la Alemania nazi.

Vivió las dos guerras mundiales, la primera sin criterio como criatura y la segunda con el juicio de los locos posicionados en contra. Fue miembro de la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial, fue reo de muerte, estuvo al borde de ser asesinado en los campos de concentración de Buchenwald y Dora-Mittelbaus.

Esquivó la muerte asesina al menos una vez, cuando tuvo que cambiarse la identidad por la de un muerto francés. Y otras muertes de lo que quería ser, un hombre justo, también las evitó. Lo único contra lo que no luchó, y es mucho más de lo que conseguiremos, fue contra la muerte natural. Honra su memoria que todos nos transformemos en luchadores apasionados. Para que Hessel siga vivo tenemos que morir nosotros.