Ninguno de los que acudimos sabíamos que éramos sólo la comida de un gigante que, en pocos minutos, aparecería por una pequeña puertezuela para ocupar su trono y devorarnos, hambriento de público catalán. La cita fue en una oscura cueva subterránea camuflada bajo el nombre de Sidecar. El monstruo, Julio de la Rosa. Un antiguo Hombre Burbuja convertido en fiera poéticamente desgarradora.

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Pero no es un monstruo como los demás. Disfruta con el cortejo, dejando que vengan a él, atraídas por alguna suerte de fuerza magnética, las víctimas que después devorará. Las va cautivando poco a poco, con pequeñas dosis de anestesia musical hasta que llegan a su cueva. Algunas rugen de manera histérica soltando tontadas con peste a Beefeater que ni siquiera el gigante parece entender.

En esta ocasión, Julio apareció solo, instalándose en un escenario hostil, de apariencia húmeda y oscura, como las cuevas de los monstruos, repleto de pedales, instrumentos, micros, cables y un ramo de flores blancas.

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Sus ojos acechaban con la tranquilidad del que sabe que ya no tiene que cazar, explorando las hileras de cabezas que terminaban en algún punto en la oscuridad. Mientras, las sosegadas manos afinaban sus mejores armas: unas guitarras afiladas como el mejor de los tenedores, listas para pinchar descaradamente a la más dura de las víctimas de la cueva.

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A pesar de tratarse de la presentación del disco “Pequeños Trastornos Sin Importancia”, Uno fue el despertar. Elección tan exquisita como sorprendente por tratarse del primer tema del álbum anterior. Quizás era su particular forma de anunciar la simbiosis inminente con sus víctimas. O quizás, una llamada de socorro. Un aperitivo en forma de guiño a una gloriosa Herida Universal que ya dejó su huella feroz en el pasado.

Así, el gigante de la cueva, fue exhibiendo en un formato más íntimo al principio, un muestrario de sus trabajos anteriores. Del último álbum, fueron apenas 4 canciones las elegidas: Colecciono sabotajes, Gigante, Un Corazón Lleno de Escombros y Maldiciones comunes, todas ellas teñidas de un nuevo sonido mucho más minimalista que en ocasiones dejaba patente la ausencia de una banda a la que se echaba de menos; un tema como El Traje, en el que saber bailar es lo importante, lo pide a gritos. A pesar de que los lamentos ensordecedores y reivindicativos del final llegaran a morder de manera total y definitiva a unas víctimas, si cabe, todavía más fuera de juego, anulando ya por completo su capacidad de respuesta.

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Un recital ecléctico donde todo tenía cabida, desde viejas rarezas de El Hombre Burbuja como Kill the Mosquito o Pingüinos y koalas, al tema pop por excelencia La cama, el cual el gigante no tenía ningún interés en tocar y, simplemente, se lo obsequió al público insaciable de megahits. Lo que todos los músicos piensan de algunos de sus temas lastre, pero pocos manifiestan abiertamente. Un detalle que pareció pasar totalmente inadvertido por un público feliz de escuchar aquella canción obligatoria para el músico. “¡Grande!”, le gritaban al gigante.

No sin graves secuelas, logramos salir de la cueva. Tocados. Y tarareando la pegadiza Entresemana con la que terminaba el concierto, cantada sin micro y gozando del momento más entregado del público en toda la noche. Un último bocado de un monstruo que desapareció, quizás poco saciado, rumbo a sus próximas víctimas, dejando a su partida algunas imágenes imborrables y que hemos podido recuperar de nuestras retinas.

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Fotografías realizadas por Andrés Gómez