….child killers, corpse fuckers, drug zombies and full-blown wackoloons….

El mes pasado se cumplieron cinco años desde que George Carlin la diñó (no utilizaremos expresiones tipo “pasar a mejor vida” o “expirar” no sea que su fantasma opte por meternos el dedo en el ojo). Un lustro sin sus rutinas, sin sus monólogos en HBO, sin su gestualidad accidentada. ¿A quién tenemos de guía cínico hoy día? ¿Quién nos lo cuenta “tal como es”? Sabemos de seguro que no estará “ahí arriba” sonriéndonos como un gilipollas, sino que más bien sus restos incinerados poblarán alguna carretera secundaria. Se nota la ausencia de una voz cuando, a menudo, te preguntas cómo interpretaría diversos conceptos y paradigmas de la actualidad. Como si de un padre muerto se tratara, pero sin toda la morralla sentimental. Aprovechemos esta fecha tributo para homenajear a un viejo puto como Carlin, recuperando sus tres principales líneas filosóficas y rescatando alguna que otra broma sobre pedos. ¿Por qué podemos considerarlo como uno de los grandes pensadores populares de nuestro tiempo?

El guardián de la palabra

                                                                            “You can prick your finger, but you can’t finger your prick”

Language is a process of free creation; its laws and principles are fixed, but the manner in which the principles of generation are used is free and infinitely varied. Una de las frases más conocidas de Chomsky. Si digo, “Noam Chomsky se fumó un cagarro de gato anoche, antes de hablar sobre su vagina”, mi innovación es incuestionable: nunca nadie antes había puesto estas palabras en este orden (eso espero), dotándolas de un sentido y una imagen concretos que probablemente el lector desearía olvidar. Con esa afirmación, puedo dar a significar muchísimas cosas – pueden ser palabras clave, metáforas, o pura memez.

Carlin compartía ese espíritu chomskiano al ser un amante violento del inglés. Observador meticuloso de la forma de expresarse [de la gente de a pie, de las autoridades, de los medios], en todas sus verborreas siempre dedicaba tiempo para disertar sobre cómo el uso de las palabras responde a una intencionalidad concreta, ya sea o no consciente. La utilización errónea de los términos, la existencia de palabros absurdos e inútiles, la libertad para expresar cualquier tipo de mote (la arbitrariedad de la censura), la invención de nuevas palabras faltas de sentido. Uno de los fragmentos más conocidos de Carlin trata sobre los eufemismos, de cómo la mentalidad popular se esfuerza en embellecer lo feo, una actitud muy americana. Igual que esos dejes lingüísticos de los que ni nos percatamos – pero que pueden llegar a tener un trasfondo incluso político, como el infame “happens to be”. Y no nos olvidemos de la transgresión que supuso “Seven Words You Can Never Say on Television” en 1972, una rutina que lo llevó a los juzgados. En la TV pública decir “tits” o “cunt” sigue levantando controversia. Es perfectamente posible decir “such a cockfight” mientras se muestran dos gallos peleando, pero decir “I have such a cock” es de locos.

La arbitrariedad del lenguaje se infiltra en todos los aspectos de la vida cotidiana, otro suculento tema de abundante hincapié carliniano, observador nato del día a día, un buen ejemplo siendo su análisis profundo de la cantidad de memeces que comporta viajar en avión. Aunque Carlin sentía pasión por las palabras (cualquiera que lo escuche durante unos minutos notará su elocuencia y argumentación, así como su fascinación en combinar motes, originar, crear sintagmas), eran una frecuente fuente de burlas y vejaciones, como su ataque al tipo de vocabulario “políticamente correcto” que los modositos le reclamaban, o su paródica lista de adjetivos neológicos que él mismo sornosamente se aplicó en las puertas de los setenta años.

El fan de la entropía

“C’mon, Dave, let’s go look at the bodies!! Let’s go look at the bodies!!!”

Carlin es probablemente el maestro de la exageración, una calidad que está intrínsicamente ligada con el humor; lo demuestra cuando habla, generalmente, de los otros. De la gente, del público. La hipocresía general es un asunto recurrente, y más en concreto si la vinculamos con los medios de comunicación, los principales extorsionadores de mal ajeno (el arte del control). Así pues, se declara fan de las “malas noticias”, adorador del caos, pajillero de la desgracia humana, que suele convertirse en diversión para él. No todo son explosiones y desastres, no obstante: el odio al ser humano también se puede conducir en el día a día, en las conversaciones de turno, en el infierno que son los otros. Antes de su muerte, admitió que, aunque pareciera lo contrario, le gustaba la gente… aunque sólo en breves rachas, de un minuto máximo.

La vertiente más profética de Carlin es quizás su visionario sentido del Entretenimiento; ideas que solía conjurar visitando la parte más morbosa del alma humana. Pululaban por sus diatribas fantasías de sangre y espectáculo, ideas de programación para la televisión del s. XXI, sin fronteras, sin tabús. Una de sus obsesiones más recurrentes era el reciclaje de la supuesta “escoria” de la sociedad de forma ergonómica, con las grandes cadenas mediáticas sacando un buen trozo del pastel. La guetización bruta de los delincuentes y enfermos mentales en estados vallados, o la congregación de personas sin futuro en un sistema de suicidios televisado, propuestas que quizás algún día lleguemos a cazar en hora punta. Ni tan sólo hace falta que sean estorbos sociales: con que sean un poco irritantes, ya merecen eliminación innata, caso de los “macho men”, o los hinchas con sobrepeso. Carlin apostaba por una actitud combativa a todas horas: el intentar sonsacar la sociedad de su zombificación permanente. Aunque estúpidas y altamente cazurras, sus estrategias para mantener a la gente alerta no son sino un grito de amor a la demencia en contra de la serenidad y el conformismo.

Una de sus rutinas más controvertidas trata sobre la hipocresía del ecologismo. Carlin, típicamente, se muestra escéptico ante los valores y objetivos de ese colectivo (siguiendo las indicaciones de cuestionarlo todo, y si es bienintencionado, más aún). Aunque sorprendentemente su pesimismo nato (la inutilidad de toda acción) deja paso a un esperanzador retablo de la Tierra: al planeta le damos igual, y tarde o temprano nos gastará como pequeñas inconveniencias que somos.

El buen americano

“The public sucks. Fuck hope!”

Una de las ideas más recurrentes de Carlin era el uso por parte de los americanos de la palabra “guerra”, convencido de la arraigada belicidad de su sociedad. Ni tan sólo se molestaba en denunciar la guerra o intentar comprender su significado, desconectado de cualquier tipo de patriotismo barato: las acciones militares no son más que una obviedad en el gran mapa de las relaciones internacionales. Sin necesidad de ser un intelectual de la diplomacia, comprendía perfectamente la críptica actitud agresiva de los EEUU y sus estrategias de presión y amenaza (me remito de nuevo a Chomsky y su What Uncle Sam Really Wants), e incluso celebraba bien cínico ese papel lobuno de su país, considerando que era la única cosa que los americanos sabían desempeñar bien. Aunque más importantemente, Carlin era incapaz de comprender el culto a la nación, el patriotismo desenfrenado o mediado, o cualquier tipo de orgullo de origen; junto con la religión, es todo una patraña refritada de símbolos y presiones innecesarias. Pura alienación: el no identificarse con nada.

Carlin, quien nunca se mostró a favor o en contra de ninguna facción política, no se preocupaba en cagarse en los políticos, que consideraba meros descendientes naturales del sistema educativo/democrático del país; en este sentido, la responsabilidad (de administraciones chungas, de legislaciones absurdas) recae en la masa popular, en la misma gente, en las masas apollardadas (qué habría pensado sobre el movimiento Indignados es algo que nunca sabremos). Menos señalar a otros y más fijarse en la propia autoría de la excrementación. Más que eso: Carlin opinaba que estamos todos jodidos y que realmente NO hay elección posible, ni hay futuro, ni solución. La maquinaria política es defectuosa, y no hay nada que podamos hacer al respecto. De nuevo muy chomskiano, sabe que la democracia que nos venden no tiene nada que ver con la verdadera democracia. No hay elección posible, ni participación, ni nada.

Esta absoluta desconfianza en el público americano se extiende a través de todos los aspectos y rincones de la vida cuotidiana americana, como los pasamientos favoritos de los yanquis, comer y comprar. Y más concretamente, la obsesión yanqui en arruinar sus propios valores. Un ejemplo sería la llamada “pussificación” del hombre americano o el malbaratamiento del blues. La propia sociedad americana pervierte – sin control – sus dinámicas y componentes.

Finalmente, es necesario antes de cerrar el artículo, agradecer, ni que brevemente, las muchas estrategias que nos ha brindado Carlin a la hora de tirarnos pedos en público. No estaríamos trabajando en consejos administrativos de empresas y despachos estatales magnánimos de no haber conocido los secretos de las flatulencias en sociedad. Aunque sólo sea por eso, George, gracias.