not_222218ITras un largo silencio de dos años, Fabián resurge de las cenizas del último incendio para traer sobre sus alas el suave y delicado fruto de un aprendizaje revelador. Hay algo en este invierno de la serpiente que hace que los mejores publiquen sus mejores trabajos hasta la fecha: Quique González, Julio de la Rosa, Paco Cifuentes… y cómo no, Fabián, cantautor leonés que apuesta por el crowdfunding y la autoedición de sus trabajos, rodeándose de amigos y joyas excelentes de la música que se confiesan admiradores y que no dudan en intervenir si la ocasión lo requiere y el daño es demasiado grande para ser reparado por una sola voz.

Nevaba al otro lado de mi ventana el día que escuché por primera vez este disco; unos días especialmente fríos en los que diez canciones encajaban a la perfección como un traje hecho a medida. A continuación de Después del incendio y otras cosas así, llega no sin gran expectación (La brisa leve) La luz distinta, un título óptimo para un disco cargado de una luz que se presenta teñida del blanco de las nieves gélidas que apaciguan los rojos incendios que provocara Fabián en el disco anterior. Y como si recogiera los restos de un pasado aún ardiente, abre el disco con una pregunta de las que se hacen con las manos tirando del pelo, a voz en grito, cuando tu cerebro ya no es capaz de encontrar respuestas: ¿Qué clase de incendio eres tú? Un disco lleno de “Maravillas”, cómo reza el título de uno de los temas. Un disco donde caben las cosas pequeñas, las melodías sosegadas de aquél al que no le queda rencor, los momentos de voz rota, de emociones que palpitan contenidas en el subtexto de una conversación cualquiera en un domingo cualquiera. Un disco cuyos diez temas podrían hilarse sin apenas reparar en el hilo, diez temas que por su madurez, por su calma, su sinceridad y su luz podrían haberse compuesto del tirón en un ejercicio reflexivo y que parece que broten con exquisita sencillez y abrumadora facilidad.

Quizás el tema más soleado sea, precisamente, “La Luz Distinta”. La canción más pop del disco y la elegida como single adelanto del mismo. “Tal vez de tanto amor muriendo a mil kilómetros de mí, me decidí a borrar las huellas”, una declaración de intenciones de tono mágico y coros tipo Fabián que convierten su letra en todo un himno al que te descubres volviendo una y otra vez, como a aquella infancia de rodillas marcadas y amor verdadero a la que llegas, precisamente, borrando las huellas ya pisadas.

“Va diluyéndose el metal, las puntas de flecha que viajan conmigo son como océanos de sal secándose al ritmo del fuego enemigo”. La canción “9”, la tercera en el disco, es un mirarse de frente en el espejo de la autenticidad, saberse cierto y encarar el camino que todavía ha de llegar, tras un turbulento descenso por el valle resbaladizo del desamor. Una actitud presente en todo el álbum, la pretensión de levantarse de una maldita pesadilla a la que sabes que no has de volver.

“Mucho más tarde que ayer, mucho más frágil que tú”. “Todas las aves del sur”, junto a Quique González, es un canto al temor infantil, al extrañar la mano protectora que te ayude a cruzar una calle transitada por el recuerdo que vuelve una y otra vez a pasar por tu lado. Tiene un tinte esperanzador en su melodía, el “rayo de luz” que te hará llegar a nuevos puertos aún por descubrir.

Las palabras jamás harán justicia a una canción como “Maravillas”, con Zahara. Tema que brota del lagrimal, del encanto mágico del niño indefenso que coexiste dentro de cada uno cuando, por primera vez, se da cuenta de lo que es compartir y extiende su bien más preciado y más insignificante al triste compañero de su lado. Dedicada al barrio cuyo nombre da título a una canción de cuna, mecida por una melodía de cajita de música a piano. Y la voz de Zahara, caída de un cielo que, rendido, la invita a participar en tal maravilla de canción.

“Tu pecho latiendo tan lejos y yo imaginándolo aquí” es uno de los versos de “Ayer por fin soñé que te secaba el pelo”, un tema que, aunque escrito antes, el mismo Fabián lo entiende como la continuación natural de “Maravillas”.

“No tengas miedo” es un homenaje de lo más transparente al momento revelador en el que puedes enfrentar el futuro sin un pasado que duela. Es una melodía que invita a salir a la calle y perderte en el rumbo de tus pasos ya calmados, firmes, por primera vez, serenos. Y ya puedes mirar a los ojos a ese alguien y decirle “¿Ves? Por cada verso que dejé morir, hay una rama retorciéndose”.

“Mr. TOC” es un diálogo de guitarras enmudecidas que parecen luchar por aliviar el dolor que desprende la voz de Fabián. Un gusto armónico con tintes de música negra que suena a despedida: “El mundo es un pañuelo que perdí”.
“Nueva York” es la canción explosiva del disco. Es el momento de desesperación en el que te das cuenta de que el dolor es mayor finalmente que todas las canciones que has hecho para aliviarlo: “todas las canciones se convierten en pretexto, sólo quiero salir de aquí, sin ti”. El momento en el que rompes con todo, reúnes el valor para coger el vaso y hacerlo estallar contra el suelo, el puñetazo en la mesa que pone punto y final a una situación que ya sólo vive en tu cabeza. “No hay mañana si no te marchas de aquí”.

Y llega, tras el invierno, “La Brisa Leve”: “Si me ves cantando solo será que pudo más la fe, y terminé con todo”. Es el paso lógico, el final, en el que “los muros caen con una leve brisa”, cuando está todo dicho, la nieve ha calado por fin los suelos ardientes y las brasas se despiden con los últimos humos que anuncian el fin de la convalecencia, la sanación paulatina de unas heridas miradas desde dentro con calidoscopio.

Fabián no es uno de los más grandes cantautores del panorama musical actual. Es más que eso. En el disco deja patente que es observador de libélulas, cazador profesional de lo pequeño, que arranca semillas de muy adentro para regalarlas, que un secador de pelo puede proporcionar una felicidad añorada infinita, que las aves del sur cruzan océanos de libertad y que el rencor es un falso invento que sólo contribuye al propio sufrimiento. Fabián juega con las pequeñas maravillas de un mundo cuya manivela para girar está en manos de la delicadeza y ternura sosegadas y que, por suerte, están encarnadas en artífices cómo él que saben exactamente a qué tempo y a qué velocidad darle a la manivela.