Autor: Henry Navarra

La vida es un festín y Ariel Rot es ese chef gourmet que parece dispuesto a aderezarla con distintos colores y sabores que escapen de lo plano, de aquello que entre un punto y otro sólo encuentra una línea horizontal. Para ello se olvida de sus galones e inventa, se reinventa y experimenta nuevos sonidos desde eléctricas cumbres borrascosas, cuya cima ha alcanzado a base de talento, perfeccionismo y constancia. Así se explica que en su anterior gira se calzara su Fender Telecaster o su Gretsch color ocre y se pusiera delante de un piano para tonificar su extenso repertorio con matices esgrimidos para justificar sus composiciones más redondas desde la raíz de las mismas. Y el polvo de aquellos caminos le ha servido para lanzarse al barro en la confección de este nuevo trabajo.

Desnudar a La Huesuda es ese sueño que todo ser quisiera para sí y por ello me voy a tomar el atrevimiento de deshuesarla…

Las buenas canciones jamás perecen. Coexisten con el tiempo y emergen entre las circunstancias, y Ariel Rot parece tenerlo muy claro. De entre sus propias huellas, ha tenido el arresto de rescatar uno de esos rastros que quedan para los restos. El disco arranca con una versión de su “Debajo del puente”, como si por derecho propio hubiera exigido un lugar preferente en la etapa contemporánea de Ariel Rot. Una canción que en España corrió originalmente una suerte de cara B, con la oscuridad propia de la música de los años 80, musicalizada por Rafa Balmaseda y que fue rescatada más tarde en una grabación junto a Nacho Cano recogida en el disco Etiqueta negra.

Y el cambio no ha podido sentarle mejor. De ritmo rutilante, riff pesado y electrificado por su Gretsch, con el malditismo que se desprende de la canción, consigue sumergirnos a golpe de metal en los suburbios de una gran ciudad, donde el puente planea sobre la cabeza de tu vecino. Salpicado por unos virtuosos solos de guitarra y con los coros ásperos de Marcelo Champanier, le dan una solemnidad rockera, urbanita a lo Moris, a una antigua canción que celebra su forjado en este contexto, en estos tiempos y en el papel que se atribuye al rock, ese estilo que nunca pasa de moda porque nunca ha sido una moda.

Tras masticar tuercas pasamos a la suavidad aterciopelada de la gran balada de rock del disco con “Escribir otro final”. Con el aroma de un Desperado de los Eagles, Ariel demuestra que el silencio para él es un lienzo en el que con tinta fina, puede retratar de forma natural una circunstancia humana con una precisión divina. En este tema comprobamos que su alianza con el piano, desde el día en que le pudimos escuchar tocando “Me estás atrapando otra vez” en su disco En vivo mucho mejor ha alcanzado un punto cúlmen tras su reciente experiencia con su gira en solitario. Un canto al desamor con la crudeza y el realismo del que le hace ser uno de los mejores cancionistas, si se permite el término para definir no sólo la calidad compositora sino también su forma de otorgar importancia a las canciones por su sensibilidad, trascendiendo del mero entretenimiento y consiguiendo esa milagrosa mezcla de hidrógeno y oxígeno que brota de un lacrimal de sensaciones.

Y en el medio de ese amplio margen que incluye el rock urbano, y las clásicas baladas rockeras entramos a una canción que refleja el momento musical actual del autor. Una canción acicalada, elegante y luminosa, reflejo del dandi que Ariel Rot lleva en el corazón, en la imprescindible “Mil palabras sucias al oído”. Cantada con swing principesco, bien podría reflejar de forma palaciega, radiante y fresca, una sensación que contrariamente habla de una turbia soledad contaminante y de la nostalgia que provoca la indecencia entre persianas cerradas… Seguramente sea la favorita en Zarzuela.

En el siguiente track encontramos el tema que da nombre al disco, “La Huesuda”. Una canción que se muestra a modo de vertiginoso corrido mejicano, entre coros mariachis embadurnados de tequila, y con un estallido de vientos a cargo de Raúl Marques que entre penitencias nos hablan de pasiones en esta procesión que termina con la “triunfada” definitiva. Si bien en anteriores composiciones Ariel Rot recurrió al “Viva México cabrones” para hablar de una mujer indiscutible uniéndose a Joaquín Sabina, en este caso lo hace para hablar de otra fémina innegable apoyándose en el galopante ritmo de Candy Caramelo.  Esta canción refleja que la mejor muestra de madurez es la de mirar con esa ocurrencia satírica que provoca la sonrisa irónica y lo hace desde uno de sus rincones favoritos en el laberinto de la composición. Según qué barrio, etnia o cultura, en este caso convenientemente la mejicana, la muerte puede resultar un tema de humor o un motivo de carnaval. La caja de pino como último gran lugar para retozar.

Seguimos lamiendo las afiladas esquinas del rock lento con aires de blues en “Puro frenesí”. Un tema que habla de la distancia,  bailando pegado, retando a Roberto Carlos para hablar al oído desde la melancolía de una fugaz relación de amor frustrada.

Con el mástil bien engrasado entramos en la fabulosa versión del gardeliano “Rubias de New York”, en la que supone una lección guitarrística con acordes de diáfana alegría para hablar de la lozana e ingenua belleza de tres damas de New York. Un tema rezumante de swing de rock clásico y con una fluvial voz aleccionada en el tango que inunda todos y cada uno de los acordes. Poesía y armonía para un gran momento de deleite del disco.

En “Nunca es tarde para el Rock and roll”, encontramos esa situación clave en los directos del propio Ariel Rot. Ese instante en el que, tras la introspección, se invita al desmelene, con una letanía de motivos que se ajustan de forma icónica y quizás biópica a su manera auténtica y honesta de entender el rock and roll, seduciendo a la libertad para la deshinibición mediante un exquisito estilo. LLama la atención el divertido recodo a modo de giro ascético a lo Brian Wilson que sorprende para acabar en las alturas.

En la recta final de la obra encontramos “Emociones escondidas”. Más armonías cristalinas fruto del gran protagonismo que tiene el piano en estas nuevas grabaciones. Una canción que hace imaginar un encuentro entre John Lennon con los Bee Gees, para hacer un repaso al recorrido emocional que atraviesa el motor del corazón en la trayectoria de la vida, terminando con una petición que cierra con mucha franqueza el verdadero sentido del paisaje de un artista que es el de brindarse a su audiencia.

Y entre este armado embelesador de delicias, vida, distancia, direcciones… de canciones con alto, ancho y profundidad (ya que estamos en la era 3D), escuchamos la canción “En los últimos cien metros”.  Y se desarrolla al son de un cha cha cha culpable, de esos que hechizan los pies para soñar  y levantarse una y otra vez en una carrera en la que nunca está todo dicho hasta la recta final. Un canto a la redención, enérgico, vitalista, isotónico, divertido.

El disco acaba con “Se va”. Con las velas encendidas, la luz tenue, guitarra, voz, un sibilino Rohdes… entre otros elementos que, con la sutileza de una nana, y la candidez de un Jobim, le cantan a la verdad sin angustia.

Conceptualmente La Huesuda nos muestra a un Ariel Rot maduro, desde ese lugar del pódium que sólo los grandes del Rock alcanzan. La temática de sus canciones se aleja del “hasta luego cocodrilo” y refleja, más trovador que nunca, ese poso de sobriedad del que entiende cada mota del polvo que le ha ido cubriendo en el camino, del que muestra cicatrices y tatuajes con la alegría y la vitalidad de una actitud catedráticamente rockera en el sueño pompeyano de la música. Precisamente en lo musical, a la garantía que supone su celebrado tándem con José Nortes se arroja a una nueva sonoridad, más limpia, más desnuda, muy elegante, con la versatilidad de siempre. Un traje a medida para cada canción de un modisto con exquisito gusto y maestría. Disfrutando una etapa en la vida en la que las poses las marca un corazón que sabe lo que siente.

En consonancia a este concepto encontramos una foto de portada de Alfredo Tobía en la que la imagen de Ariel se muestra alejada del estereotipado del rock y encontramos desnudez, pureza, claridad, luz.

El resultado es una piñata de sensaciones con firma de autor, de un grande de este país que expone lo que ha encontrado y lo que sigue buscando. La Huesuda, tras escucharse, invita a lamerse, a ser acariciada por las papilas gustativas. Quién la probó lo sabe. Porque tras un buen festín, quedan los huesos y las canciones. ¡Claro que hay formas mucho más tristes de desaparecer!

Ariel Rot comienza su gira eléctrica “Nunca es tarde para el Rock & Roll” cuyas fechas son:

7/11. Madrid. Sala But. 21:00 h.
8/11. Bilbao. Kafe Antzokia. 22:00 h.
15/11. Barcelona. Sala Luz de Gas. 21:00 h.