Traducción: José Manuel Ramos González

Monstruos parisinos es una delicia. De principio a fin. Veinte retratos de personajes del París de finales del siglo XIX. Actrices, poetas, cantantes de ópera, amantes y enamorados desfilan por las páginas para deleite del lector. Personajes que nos fascinan y hechizan con una visión de la vida muy particular.

Elegantes, refinados, sensuales y voluptuosos. La galería de personajes que Mendès describe viven la vida entregados a sus pasiones y deseos, sin olvidarse ni por un momento de que son animales sociales, de que París comenta, opina y juzga y, al final, todo se sabe.

Señoritas caprichosas que exigen a sus enamorados el robo de una pulsera de perlas o que se enfadan si su esposo, que continuamente las agasaja con los más caros caprichos, se niega a comprarle una rosa medio mustia a una vendedora callejera. De todo hay en la viña de Catulle Mendès. Mujeres que con sus amantes pronuncian los nombres de los tres amores de su vida y otras que ofrecen su desnudez a todo aquel que desee mirar, pero solo eso: mirar. En apenas unas tres o cuatro páginas cuenta una historia y nos encandila. Lo hace sin reservas pero con sutileza y elegancia. Con apenas una frase entendemos que hay algo más que palabras entre una clienta y la joven dependienta que se ofrece a probarse el sombrero que esta piensa comprarse.

Estos monstruos dan de todo menos miedo. De lo que dan ganas es de conocerlos, de colarse en sus salones a tomar el té o disfrutar de la ópera en el palco, para ver qué se cuece. Para mirar a la joven de mejillas sonrosadas que es la nueva sensación en París y que además es la protegida de Madame de Ruremonde o de Madame de Portalègre.

Con píldoras como la que sigue, en la que se describe la emoción que provoca en el respetable la joven Léo, Mendès recrea el ambiente de una ciudad que es un auténtico escaparate: «…se oye, desde la orquesta hasta la tercera galería, un estremecimiento sordo de placer; se ve enrojecer suavemente, como una mejilla de virgen, el liso mármol de los cráneos más calvos, cuando tras cruzar el escenario reculando con pequeños y vivos pasos de ratón saltarín, se gira con un revoloteo de falda y les ofrece a todos, levemente inclinada, la exquisitez de su tonta sonrisa».

Catulle Mendès (1841-1909) fue un autor prolífico de gran éxito que cultivó todos los géneros literarios. Poeta, ensayista, escribió también libretos de ópera y formó parte del grupo de Théophile Gautier.

La editorial Ardicia, que hace tan solo unos meses que ha comenzado su andadura, nos ofrece esta joyita literaria con una cuidada edición, una traducción impecable y prologada por Luis Antonio de Villena. ¿Se puede pedir más?