Pablo Moro es uno de esos artistas que, como Quique González o Carlos Chaouen, viven en un terreno incómodo entre la canción de autor y la banda de rock. Y digo incómodo porque corren el riesgo de no acabar de encajar en ningún sitio, de ser, como se dice vulgarmente, “ni chicha ni limoná”. Por suerte, en este país que somos expertos en desperdiciar talento, tenemos un nutrido grupo de músicos que han acertado a combinar ambas facetas con maestría, y ahí encontramos al compositor asturiano, que acaba de publicar su último disco La vida solucionada.

La_vida_solucionada

Nada más lejos que tomarnos el título al pie de la letra para describir la situación de su autor. Pabo Moro no es un músico que acapare portadas de revistas o que tenga una gran cobertura mediática, y se ha trabajado su éxito con tranquilidad y asumiendo siempre cierto riesgo controlado en cada nuevo disco. Yo apostaría más por ver en el nombre de este trabajo el fin de una etapa, el desentraño de un misterio: entender el juego de la vida, aceptando sus cambios y sabiendo que nosotros también podemos cambiarla. La tranquilidad de saber que el mundo gira para ti y no en contra tuyo.

El disco, como los buenos vinilos, se divide en dos partes, que Pablo ha acertado a llamar cara A y cara B. La primera es más experimental, tiene un sonido más novedoso y un paradigma narrativo diferente si lo comparamos con sus anteriores discos. Las letras son más costumbristas, nos hablan de cosas cotidianas, y quizás por eso la canción de presentación elegida haya sido ‘La gente de mi tierra’, cuyo título no deja lugar a dudas de lo que nos cuenta. Musicalmente hay un par de cortes que recuerdan a los murcianos M-Clan, con unos sonidos de rock clásico bien perfilados, y en los que Pablo canta con una voz algo más rota de lo habitual. Pero hay tres canciones que me llaman especialmente la atención. Una de ellas es “Mundos perfectos”, con un ritmo ochentero haciendo de base a una buena letra, con una primera frase de esas que calan (“Cuida de mí después del Rock’n’Roll… ”). Quizás a la letra le hubiera pegado más un ritmo pausado, pero se agradece el riesgo, y siempre puede ser una grata sorpresa para un concierto acústico. Aunque creo que el mérito de esta primera parte reside en los dos temas lentos, ‘Pequeña luna de julio’ y ‘Canción de octubre’, canciones sencillas con una sonoridad preciosista, la segunda casi minimalista.

Pablo Moro

Y cuando nos estamos recreando en esta última, volvemos sobre los pasos conocidos, al Pablo Moro que todos sabemos identificar. La cara B empieza con un corte más guitarrero, con una de esas letras con cierta épica urbana a las que nos tiene acostumbrados, con frases tan directas como “¿Qué pasaría si este fuera el último día? ¿cuántas mentiras podrías perdonar?”. ‘Los reyes del río’ sigue recordándonos a los anteriores discos, pero ‘Girando’ nos sorprende con un inicio en un tono muy bajo, con cierto aire a otro insigne asturiano, Nacho Vegas, aunque sin poder igualar el dramatismo de su peculiar voz. De esta segunda parte, creo que es de justicia resaltar ‘El viento de las castañas’, que tiene algo de novedoso en el estilo de Pablo, pero que corre el riesgo de pasar desapercibida entre las canciones más experimentales y las más rockeras.

Me dejo para el final la canción que cierra el disco, ‘Cuando bajes del avión’, que tiene una frase que creo que, en cierta manera, define el mismo: “mi historia no es tan diferente a las demás, no soy exactamente quien pensé que era”. Y aceptarlo da la calma suficiente para pararse y reflexionar. Y con ello hacer un disco de medalla que le deja a Pablo, no sé si la vida, pero al menos la discografía, solucionada.

Fotografía extraída del Facebook del autor.