Si naces en una gran urbe de la costa mediterránea española, desde pequeño te acostumbras a relacionar el verano con ciertas cosas: la blanca claridad del sol, un mar templado y sereno, largas colas de peaje para abandonar la ciudad… Julio de la Rosa es de Jerez de la Frontera, así que no nos debe extrañar que haya situado la acción de su primera novela Peaje (Tropo Editores) en uno de estos cubículos con barrera.

Peaje

Tras dos libros de narrativa breve (Diez años foca en un circo y Tanto rojo bajo los párpados) y uno de poemas (“Vacaciones”), el músico y compositor nos sorprende con su primera novela, en la que narra las experiencias de un trabajador de una concesionaria de autopista, y nos hace partícipes de sus reflexiones y su particular visión del mundo a través de su relación con los clientes y sus superiores.

De la Rosa enhebra los capítulos del libro con la misma habilidad con que lo hace en sus canciones, dándonos esa sensación de practicar un voyeurismo sin complejos, entrando a trapo en la vida de los otros para extraer ese cachito que nos sirve para analizar nuestra misma experiencia. A través de las páginas uno se siente como el cliente de un peep show mirando por el agujerito; un Gran Hermano con el foco fijo.

Lo parco del escenario no repercute en la diversidad de la temática, y asuntos como el amor, el desamor, la crítica social o las relaciones laborales van siendo analizados con una nota de humor negro y con una complejidad ascendente. Nuestro protagonista, como el bueno de Gregor Samsa, ante la imposibilidad de abandonar su espacio se ve limitado a sus conclusiones sobre lo que pasa fuera. Su desbordante imaginación hará que, con el paso de las páginas, nos planteemos si nos describe los hechos o se los inventa.

Si ya conoces los anteriores trabajos de Julio de la Rosa, esta nueva aventura del gaditano no te defraudará, y si no te has topado nunca con su obra, disfrutarás con la historia y las salidas de tono de un currante que se niega a alienarse. Y quizás acabes también indagando en el imaginario de sus discos y sumergido en su excelente discografía.

Sólo una pega: el precio del libro, y no por caro. Simplemente habría sido una delicia pasar por caja y escuchar a nuestro librero decirnos eso de: “Seis cuarenta, por favor. Gracias.”