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Cuando Jacques Brel cantaba aquello de “Ne me quitte pas” ya dejaba entrever lo que Julio de la Rosa nos quiere demostrar en su último disco: hay mil formas de querer, y la mayoría acaban derivando en algún trastorno de personalidad más o menos severo. La mayoría desarrollamos algún grado de dependencia. El bueno de Jacques se humillaba hasta querer ser “l’ombre de ton chien”. Julio las prueba todas, y nos las muestra una por una en diez cortes. El título lo dice todo: Pequeños trastornos sin importancia (Ernie producciones).

El disco viene a confirmar la progresión ascendente del cantante y compositor gaditano tras sus dos anteriores discos El espectador y La herida universal. En ellos se va forjando todo un imaginario que ya se intuía en Las leyes del equilibrio (un disco excepcional, a caballo entre la literatura y la música, que nos cuenta una misma historia a través de las distintas canciones que lo componen), y que viene a consolidarse en este disco: historias de la vida y el amor sin un final feliz, a veces incluso sórdidas, pero creadas sobre personajes que afrontan los hechos con cierto humor negro y a veces de manera salvaje. Cada canción tiene su propia narración, pero todas encajan en un todo.

En este último disco las relaciones toman peso y sacan a pasear su lado más oscuro. De la mano de una banda para la ocasión (Ignacio Celma al bajo, Manuel Cabezalí a la guitarra, Javier Couceiro a las percusiones, más Jorge Fuertes [We are Standard] a la batería, Abraham Boba al piano y Pau Roca [La Habitación Roja] también a la guitarra), Julio de la Rosa nos embarca en un viaje por lo irracional de los sentimientos desde el primer corte (“Colecciono sabotajes”, que ha servido de single de lanzamiento), que nos deja claro que en el amor “arriesgamos tanto, fuimos imbéciles” y que “si quieres algo, ámalo y trágalo”. En la grandilocuente “Gigante” asume que la culpa no siempre es de los demás (“tú estás hecha como un guante a la medida de una joya como yo”). Con “Kiss Kiss Kiss me” nos movemos a otro escenario, el de la femme fatal que con una música sensual nos dice “tú sufrirás por mi” sin el más mínimo remordimiento. Y tal vez se lo dice al protagonista de “Un corazón lleno de escombros”, que le echa en cara “yo antes era un valle (…) equilibrio y paz, hasta que llegaste”. Y así llegamos a la canción más larga del disco (8:21), “La fiera dentro”, que se inicia con una musicalidad oriental en la que las voces toman importancia y recitan como un mantra algunas preguntas: “¿me puedes explicar de qué va el juego?”, “¿por qué me odio si te vas?”… “Borrón y cuenta nueva” nos introduce en el campo del autoengaño (“Yo no pude ser la tonta que se ciega”, “no es posible que haya idiotas como yo”) y “Tarde a todas partes” en la apatía y la desidia (“si el amor es un trastorno, uno más, qué más me da”). “Maldiciones comunes” es un compendio de venganza y malos deseos, deseando “que lo sufras como yo, que ya es la hora, y si escuece, que te joda”. Pero los malos deseos a veces son como un boomerang, y por eso en “Glorieta de trampas”, quizás la mejor canción del disco, se evidencia que “las trampas que puse son tantas que soy yo el que cae”. Y para terminar, “El amor saludable” nos trae un buen deseo, “un amor tan sencillo que pueda sortear estos desastres”.

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Ya lo veis, un compendio de psicología amorosa digno de lucir en vuestros estantes en un lugar preferente. Y si eso no os convence, tal vez lo hagan las colaboraciones: Josephine Ayling (Boat Beam), Bunbury, Ana Franco (Coffee & Wine), Nahúm García (Clint), Miren Iza (Tulsa), Nieves Lázaro (J.F.Sebastian), Ainara LeGardon, Dani Llamas (Gas Drummers), Xoel López, Juan Alberto Martínez (Niños Mutantes), Hannot Mintegia (Audience), Miguel Rivera (Maga) y Anni B. Sweet.

Y, por cierto, si el concepto del disco os parece algo duro os recomendamos tener en mente una de las mejores máximas de Julio de la Rosa: “El amor no duele tanto, solo si te lo hacen mal”.