Mayte Martín

Yo me tomo algunas licencias con las figuras retóricas seguramente por ignorancia. La de hoy es una licencia que me permite definir un disco con una sola canción, es la famosa parte por el todo que los profesores se empeñaban en definir como sinécdoque, una palabra llena de obstáculos, no sólo porque no se utilice en la calle sino por tanta oclusión. Consigues pronunciar una vocal cuando ya te has vuelto a tropezar.

Así es como me presentaron la poesía y la música delicada: oscura, oclusiva y llena de dificultades. Al cantar a Manuel, el disco de Mayte Martín, es poético y lleva una música delicada, pero no tiene nada de oscuridad. Las metáforas son tan suyas como del pueblo al que canta, su guitarra es patrimonio de todos los andaluces pero también de todos los arrebatados por las pasiones, y la claridad de las canciones no llega por las palabras sino por su eco sensitivo. Como cuando te comes una mandarina del campo: deformada e irregular, con un principio ni mucho ni poco que se dilata hacia las emociones cuando se percibe el regusto.

Las canciones de Al cantar a Manuel se escuchan cuando terminan. Llegan las imágenes, la melodía y los tonos propuestos al final, porque uno o experimenta emociones o reflexiona sobre lo que le ocurre, pero no los dos momentos a la vez. Que Mayte Martín “estudiara segundo de jazmines“, que “no sepa el mar que es domingo” o que no sepamos nada todavía de “La paloma de Picasso” no se medita, se traga como la mandarina del campo. Y luego se piensa ya sin chirubiris por el cuerpo.

Mayte-Martin-cantaora

Al cantar de Manuel es capaz de hablarle a Miguel Hernández y declarar que no supiera que el poeta “muriera de España y Cárcel”. Y cárcel es una mayúscula personal, porque ya era un nombre propio cuando dejaron morir al de Orihuela y sigue siéndolo en la España del 2013.

El disco es un desgarro, suave pero firme, de una tarde de sábado.

Llegó a mí el disco por sinécdoque, con una de sus canciones “Por la mar chica del puerto”. Llegó sin poesía: con un documental brillante del programa 30 minuts de TV3 sobre un olvido reprochable de la historia de Barcelona: el Somorrostro. De las barracas que se construyeron en la playa de la ciudad queda un documental y algunos señores en la Trinitat. “Por la mar chica del puerto desprende cierta poesía popular que no se hace con la alta cultura sino con los grandes olvidos y los gestos cotidianos. Los gestos cotidianos a los que me refiero son de una mujer que tiende la ropa después de suspirar de alivio una vez ha conseguido dar de comer a su familia ese día.

Lo notas enseguida: Mayte Martín no es sueca seguro. Ni gallega. Es de Barcelona, pero más andaluza que las coplas y los topos blancos en las faldas rojas. Más andaluza que un amiga mía, tan andaluza que lleva Andalucía en el cuello con sus gestos. Tiene la canción, “Por la mar chicha…” un violín como de ruso exiliado en el vagón de un metro. Tiene la textura de la pobreza, pero lo que más me atrae es la melodía: se forma alrededor de una frase negativa, pero cuando crees que termina da un vuelco el sonido y hace una curva hacia la esperanza. Me explico muy mal, pero no sé por qué habría que describir una canción que precisamente se ha hecho canción porque es indescriptible y llega donde yo no puedo. Sí, han compuesto la canción porque yo no puedo explicarla.

Las metáforas de la letra son también populares, pero (¿por qué habría que añadir “pero” después de “populares”?) muy intensas: “a la sombra de una barca me quiero tumbar un día y echarme todo a la espaRda y soñar con la alegría”. Precisamente en ese “y soñar con la alegría” sobreviene la sorpresa armónica, el vuelco.

Todo es coherente: la melodía y la letra, el tono y el tema y hasta el público que la escucha. Como creo que debe ser. (“El hombre, hombre, y el trigo trigo“).

 

Fuente de las imágenes: imagen 1, imagen 2