Se suele decir que la revolución que no pase por la liberación social y moral de la mujer jamás será una auténtica revolución. Aunque los libros de historia las mencionen de pasada, y más como anécdota y complemento, la Revolución Francesa estuvo plagada de protagonistas femeninas que determinaron los hechos más conocidos por todos,  y que todavía sólo tienen nombre de varón. Y el libro que os queremos presentar es un retablo de todas esas mujeres, poderosos y sangrientos trazos, que dan lugar a la otra parte de la historia de la revolución que tan escondida se encuentra y tan ligeramente se trata.

Jules Michelet(1798-1874), padre de la historia francesa y ferviente republicano, no es feminista ni pretende serlo. Si alaba a la mujer no es por su inteligencia o capacidad de raciocinio, sino por su fidelidad marital, su belleza, su maternidad, su corazón, su sentimentalismo, su pasión, su ternura. Michelet no escribe para liberar a la mujer de la opresión a la que está sometida por sus afectos, sino que pretende escribir para despertar en el corazón, que no en la razón, de las mujeres arrojo y valor para luchar por su patria y por la república. Michelet rememora a las grandes mujeres de la revolución, para que sirvan de modelo y ejemplo a las féminas del sigo XIX, mujeres conformistas y apagadas que parecen no haber heredado la pasión de sus abuelas; esas que dieron la vida para que sus descendientes pudieran elegir qué hacer con su vida, no que otros eligiesen por ellas. En una apología de la pasión de la revolución, Michelet pretende despertar en los corazones de las mujeres esa vena de rebeldía que subyace en todo individuo reprimido.

Charlotte de Corday, la girondina asesina del vil Marat; Olympe de Gouges, la escritora política y creadora de la Declaración de los Derechos de la Mujer y Ciudadana; Madame Roland, mujer política que en el cadalso recriminó a la libertad la de crímenes que se cometen en su nombre; Theroigne de Méricourt, que reivindicaba el derecho a luchar y a matar por la patria, que fue maltratada y humillada por sus propias compañeras; Madame de Condorcet, la mujer sabia que hizo de su marido uno de los precursores del feminismo teórico; Lucile Desmoulins, la abnegada esposa; madame Legrós que no cejó hasta sacar al preso más antiguo de la Bastilla; Madame de Stäel, escritora y pensadora política, fea pero de fascinante oratoria; así como las mujeres que acudían a los clubs a  escuchar y también a hablar, las guerrilleras de la Vendeé, las amigas de Robespierre, las mujeres del pueblo que sacaron al rey de Versalles, etc…

Una prosa maravillosa que nos permite conocer vidas apasionantes, tan increíbles que no parecen ni siquiera concebibles por la fantasía más febril y drogada. No es la mejor obra de historia, pero sí es una obra básica para despertar la curiosidad sobre estas mujeres que todavía permanecen tras el telón.

Quizá lo más destacable del libro de Michelet, aparte de los cientos de mujeres que pueblan su relato, es la importancia del amor como motor de la Revolución. No sólo del amor sexual, sino también del amor filial y fraterno. Para Michelet el origen de todo acto heroico y desinteresado es el amor, y  por ello apela al corazón de su lectoras. Una revolución sin pasión es una revolución zombie. Por ello piensa Michelet que el amor puede ser una fuente inagotable de poder. ¿Quién no mataría por dar de comer a sus hijos, por el marido injustamente preso, por el padre desahuciado, por el amante asesinado en la guerra, por el amigo explotado…? Sólo se lucha por quien sea ama y se quiere. De ahí que el sistema económico que nos alberga trate de destruir ese tipo de afectos tan poderosos que pueden ponerle en jaque. De ahí que le interese vender las relaciones superficiales y esporádicas, las relaciones basadas en la utilidad en vez de  aquellas basadas en el conocimiento y el cariño. Porque el amor puede ser un arma de destrucción masiva para el capitalismo. El capitalismo nos dice: amaos para tener placer, amaos para obtener una determinada posición, un determinado nivel de vida; pero jamás os dirá: amaos para ser vosotros mismos, incluso mejores de lo que vuestro propósito se hubiera atrevido pensar.

Los ideales sirven al amor, no al contrario. Si nos atrevemos a soñar un mundo mejor, y aún mas, a luchar por el mismo, es porque amamos y queremos que nuestros hijos/as, nuestros padres, nuestros amigo/as, nuestros hermanos/as, nuestros amantes tengan derecho a una vida feliz y digna. Si se lucha por la democracia, por el progreso, es para que todo eso sea disfrutado por aquellos que hacen que seamos como debiéramos ser. Los fines siempre serán los otros, las ideas siempre serán los medios.

Si el sistema pretende aislarnos y atomizarnos, será por algo. Por ello el alegato histórico-afectivo escrito por Michelet guarda toda su actualidad. Él escribe a una sociedad apagada, de cabeza agachada, políticamente indiferente y agotada. ¿Nos suena? Y apela no a las ideas, sino a nuestros sentimientos.

Kant escribía que el lema ilustrado era atrévete a saber, las mujeres descritas por Michelet parecen decirnos que el lema de toda revolución ha de ser atrévete a amar… ¿Y acaso no es el amor la forma más completa y profunda de conocimiento? El conocimiento de otro individuo distinto a nosotros, y a través del cual, también podemos conocernos a nosotros mismos. El conocimiento de aquello que es único e irrepetible, de aquello que no se puede vender ni comprar, producir o utilizar… puesto que sólo se puede respetar y amar. Aquello por lo que se puede morir, pero también vivir.