Editorial Intangible

Un profesor de la ESO, de dibujo técnico concretamente, escribe un diario que vendría a ser como la película Un día de furia pero cambiando furia por resignación. Digamos que alguien ha llegado a ese punto en que no odia su vida, pero tampoco la quiere, está rodeado de un mundo y unas personas a las que no entiende, pero que tolera con la desidia de no poder hacer nada. Por supuesto quiere a unos (su hijo, su mujer, algún alumno, algún profesor) más que a otros (el mundo en general) pero nada de eso lo hace con entusiasmo. Y lo sabe. Este es el punto más interesante de Rutinas y adicciones, la autobiografía de alguien que no se está hundiendo, por más que en algún momento lloriquea por varias cosas, todas ellas sin importancia como él mismo reconoce, pero que se ha propuesto saber que jamás echará a volar. Morand hace una radiografía de esa persona española que hace equilibrios sobre la acera, no hay ningún peligro real a que caiga de puro aburrimiento. Ese pensamiento tan del país: “No me gusta mi trabajo, mi trabajo apesta, odio mi trabajo, soy muy mal trabajador, sólo paso las horas allí… pero no lo dejaré porque es seguro”. No es un extracto del libro pero se podría encajar en casi cualquier página sin que se notara. A todas luces esa alma, ese pensamiento, lo hemos visto, padecido o vivido en primera persona en algún momento, pero claro, que uno crea que no es capaz o digno de vivir no significa acabar con ello de un día a otro, ¿verdad?

A partir de esta idea que se extiende de la primera a la última página como una mancha de aceite, el autor hace juegos más o menos interesantes y acertados. Construye un narrador con el que no simpatizas, no odias, pero al que más o menos comprendes. Te va explicando sus filias y fobias, y, aquí sí, creo que el autor juega un poco a la provocación o al engaño. Por un lado tienes a un narrador con familia que te habla de su mujer y su hijo con una frialdad pasmosa, acorde con el tono del personaje. Es más, sólo se refiere a ellos por sus iniciales y sólo muestra algo de amor por su hijo en el temor a que enferme gravemente. Pero, de repente, nombra a un profesor, sólo uno, y habla con él y muestra cierta simpatía. Se diría que es porque ve en él su futuro yo, pero no queda para nada claro. Su peso se diluye, aparece y desaparece sin más. Quizás es una provocación del autor en la que se cae, como cuando, de repente, a tres cuartas partes del libro nos enteramos que el narrador lee, y bastante además. No sólo eso, sino que además tiene ideas muy claras de autores importantes. En ese final, esa envidia de no ver lo extraordinario y normalizarlo, incluso cuando lo disfruta «Estoy disfrutando ese libro. A pesar de que el resultado es un poco lo mismo de siempre». Así que la abulia, el aburrimiento, cierta náusea sartreana son la constante pero, he aquí la gracia, sin ningún agujero a la vista.

En definitiva, un libro recomendable si buscamos un slice of life acorde con nuestros tiempos, sin colorines y aspavientos. Creo que a José Morand se le debería seguir la pista; tiene unas maneras interesantes.