"Tonto, muerto, bastardo e invisible"

“Tonto, muerto, bastardo e invisible”

Acabo de leer la novela Tonto, muerto, bastardo e invisible, de Juan José Millás, publicada en 1995 por Alfaguara.

Con las obras de Juan José Millás me pasa siempre lo mismo: no recuerdo el nombre de los personajes. Y, con el tiempo, piensas que da lo mismo, porque le podría ocurrir tanto a Jesús como a Julio o a Laura o a Olegario. La narrativa de Millás es más una narrativa de lo cotidiano, de un trabajador normal, pongamos por caso, que de pronto se ve envuelto en unas circunstancias excepcionales. “Como todas las novelas”, pensarás, “a un personaje le suceden cosas extraordinarias”.

Bien.

Lo extraordinario en Millás es el punto de vista. Es extraordinario, por ejemplo, que un niño cuente la impresión que le provoca coger un plato sopero, una taza con una asa o que se mire al espejo y descubra que ha trascendido al otro lugar de la realidad (como ocurre en El orden alfabético). El problema de la identidad, del mundo interior, la tensión entre lo que sucede en la cavidad cerebral y en la cavidad que nos soporta a todos, el mundo, es una constante en su obra.

Los argumentos, por lo general delirantes, y la historia, cotidiana, banal, son extraordinarios debido al enfoque con que el autor los trata.

En el caso de Tonto, bastardo, muerto e invisible, el personaje (Jesús, ahora lo recuerdo) manda confeccionar un bigote. Desde este objeto, la vida cambia y la realidad se confunde con la imaginación porque el personaje confunde (o se cree) que ha cambiado de identidad. Es capaz de ver una pareja de ancianos daneses y considerar que son sus verdaderos padres, con un instinto de protección verdadero hacia ellos, sin conocerlos en absoluto.

Con el bigote, digo, Jesús va abandonando el mundo real en el que estaban sus compañeros de trabajo, su hijo David y su mujer (cómo se llamaría), en favor de un mundo imaginario que sorprendentemente va tomando forma en el mundo exterior, visual, de las apariencias, como si dijéramos, acudiendo a Platón.

No hay que esperar grandes metáforas, una moraleja final. Es la historia, realmente, de un “tonto”, un hombre enajenado y delirante que pone en cuestión los cimientos de lo que nosotros los lectores tomamos por real. Son conceptos complicados (identidad y realidad y ficción) para una historia sencilla y un lenguaje genial. Para facilitar la comprensión, Jesús cuenta a su hijo, para que se duerma, la historia de Olegario, un niño que se coloca un bigote para que no se rían de él en el colegio. El cuento infantil adquiere las características de una muleta y es un apoyo, una referencia, constante para el lector que traza el paralelismo entre la ficción de Olegario, la ficción de Jesús, que lo cuenta, y la ficción del narrador, que engloba las otra dos. La realidad es del lector.

Y en todo este ambiente de concepción filosófica sobre la identidad y la realidad hay sitio para el humor.

Creo que alguien debió sentir envidia cuando me veía sonriendo con el libro en alto en el metro. Esa persona que estaba a mi lado quería saber qué libro leía. Y yo no le dejaba verlo, porque era consciente y me apetecía jugar, sin perder por ello el hilo de la lectura. Me convertí en un “tonto”, fíjate, aunque visible, legítimo y vivo.

En lo personal, yo podría leer a Millás sin mensaje alguno, sólo por el placer de comprobar que las palabras son capaces de conformar una música y de transmitir un ritmo respiratorio. El tono, un acierto, es el del narrador en primera persona y despreocupado, que tanto te puede contar cómo insulta al jefe o sale a por el periódico como que le da por asesinar a alguien.

El lenguaje en Millás es el acontecimiento. La trama, parece, es una excusa para poner en marcha un mecanimo sensacional con engranajes gramaticales. Tic-tac-tic-tac. Van corriendo las palabras, como hileras de hormigas sobre un fondo blanco, y vas asistiendo a la ejecución de un mundo, al levantamiento de una frontera entre tu escritorio (o tu cama, o tu sofá o tu asiento de autobús o tu paso de peatones) y la ficción.

Terminar un libro de Millás, como Tonto, bastardo, muerto e invisible, deja sensación de desamparo. “Quiero que me expliques más”, piensas, “necesito saber ese secreto sobre el mundo de las apariencias”.

Juan José Millás (Valencia, 1946) es colaborador habitual de El País, ganador del Premio Planeta con El mundo y creador de los “articuentos”, piezas breves que transitan entre la realidad (artículo) y la ficción (cuentos).